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El lance de la Mojosera

Por Edgar Arrieta, Junta de Acción Comunal Barrio Chambacú. Simití, Bolívar, Colombia

El primer día de la semana la aurora comienza a despertar en la superficie de las aguas de la ciénaga, aflora la vida, subo a mi canoa acompañado de atarraya, palanco, totuma, canalete y pompo. Me impulso hacia la inmensidad, apartando la taruya. El aire profundo que hincha mi pecho de esperanzas, mis ojos se destellan al horizonte al mirar los colores del espejo de agua, desde donde observo el rostro del Indio Miti, que dibujan las montañas.

El silencio impetuoso que presenta el panorama, es interrumpido por el bullicio de una bandada de aves que se alzan al vuelo surcando el cielo, patos cucharos, garzas, cormoranes, coyongos, caracoleros, chavarríes, gallitos de ciénaga, el gran garzón soldado. Una nutria que nada de isla a isla, un manatí que raspa la canoa sacando su ancho hocico, un caimán que salta a la orilla. Un cardumen de peces, como una nube espesa, que saltan a mi paso.

El verde del follaje de los playones surcado por el anón, el guamo, el orejero, el pimiento, el maiscocho, alimento del banco de alevinos, y la poca enredadera de agaya que surca las aguas dulces, donde se forman cunas naturales en las que se refugian y alimentan los pececillos que forman el complejo ecológico del hábitat de la ciénaga de Simití.

Recuerdo cuando era el líder del cenagal y todos me seguían, porque era el mejor para ubicar los sitios donde estaban los peces más grandes. Armaba el corral en forma de óvalo, las canoas, cinco y cinco de cada lado; ordenaba el lance y por doquier había rostros felices por la cantidad de bocachico que sacábamos, que luego jipiábamos alrededor de un porro, y que disfrutábamos de raya a raya, acompañado de una banda y un baile de monos.

Un respiro profundo, «¡ummhhh, qué tiempos aquellos!». Vuelvo en mí con una sonrisa en mi rostro. Escojo un sitio quieto y solitario para hacer mi lance, para escuchar el rum rum de los peces en el fondo del agua. Me paro en la proa de la canoa, desenvuelvo mi atarraya de 28 crecios de alto, la armo lentamente en mis brazos, la divido, junto mis manos, las aprieto, me balanceo, me impulso y la lanzo. Se abre completamente bullendo sobre el agua.

Lentamente la voy sacando y sacudiendo, no pesa casi casi, señal que el lance no fue bueno, van saliendo peces medianos y pequeños y una raya, que son devueltos al agua, y dos pescados de buen tamaño, el consuelo de la faena. Al fondo de la atarraya, mugre y bolsas plásticas. Me lleno de rabia, porque llegó la mojosera, me lamento, no estamos cuidando bien la ciénaga, me devuelvo a la casa pensando ¿Qué le voy a llevar a mis críos?

 

Dibujo realizado por Juan, joven habitante del Barrio Chambacú (febrero 4 de 2017)